|
Hoy
Hoy, cuatro de la tarde, sábado en descenso,
sentado en una escalinata de educada piedra,
Rosario, Santa Fe, año dos mil dos y un poco.
Bajo mis pies más piedra aún y también un río.
Me enuncio a mi mismo como dócil forastero,
de toda tierra conocida, de toda costa sugerida,
para contemplar mejor las modernas cercanías
que el hombre me depara y su suelo modelado.
Hoy, según el clima, más sol que cirro en alza,
y en el río lodoso, barcos de europeas latitudes.
Entrecierro los ojos y me acaricia el aire fresco,
Las horas de este día pasan rozando una avenida.
Me regreso a mi posición de narrador de vientos,
de relatos de mil atardeceres con aroma a puerto,
de espantapájaros tornándose aliado de lechuzas,
soy al comienzo de las cosas un marino solitario.
Hoy, a pesar de este documento o de mi sábado,
te muestro un paisaje de ciudad con gusto a río.
Un viejito silba un tango que escapa de costado,
delante, la costa se nubla como una nube de sal.
Me confundo entre otros soñadores de la luz,
de destinos y olvidos de memorias arrugadas,
necesidad de compartir la misma voz antigua
que nos acerca o nos hace asiduos extranjeros.
Hoy, este suelo mermado de fósiles me acuna,
contiene cantos rodados por autómatas sumisos,
Rosario es una lámina de carey brillando al sol.
La tarde cayendo de a medios minutos esta vez.
Y me sueño pesquero férrico, gaviota hambrienta,
y enciendo luces que pueblan de ojos la metrópoli,
abrazo ciudadanos extenuados y coches rápidos
este poema es el cruce entre ellos y mi anochecer.
escrita en Rosario, Santa Fe.
|